La noche cayó rauda, mucho más de lo que había deseado. Quería seguir jugando, pero sus papás le habían dicho que era hora de dormir. Se quitó su gorro favorito, ese que siempre llevaba en su cabeza y se metió al baño para ducharse y lavarse los dientes.

Tiempo después estaba listo para ir al mundo de los sueños. Le gustaba imaginar que su colchón era una balsa que lo llevaba a ese mundo en el que todo era posible. Ese mundo en el que podría ser un rey o un pirata. Ese mundo en el que podía volar o tener superpoderes. Ese mundo en el que nunca tenía que ir a dormir. Pero debía navegar con mucho cuidado, no sea cosa que terminara en el mundo de las pesadillas.

Apoyó su cabeza sobre la almohada. Mamá pasó a darle las buenas noches. Cerró los ojos, y la balsa partió.

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