treinta primaveras

Treinta Primaveras

Y ya está aquí, ya llegó. Esa edad en la que debía empezar a preocuparme por no repetir la diabetes/insuficiencia de insulina que tuve en mi primer embarazo. Esa edad en la que las cremas antiarrugas empiezas a formar parte de mi lista de compras cada mes. Esa edad en la que comer sano es mandamiento supremo.  Esa edad en la que empezás a ver el sedentarismo como tu peor enemigo y evalúas, esta vez en serio, la posibilidad de anotarte en un gimnasio. Esa edad en la que, al adelgazar, empezás a temer por como luce tu rostro. Si, señoras, los 30 están aquí, han llegado a mi vida. Y he comenzado a reemplantearme unas cuantas cosas, como empezar a comer de manera decente de una vez por todas o, ¡hasta considerar la posibilidad de comenzar a hacer algo de actividad física! (claro, a estas alturas, con hacer dieta ya no alcanza y el cuerpo empieza a pasar factura del sedentarismo crónico) Pero, más allá de que esté empezando a engrosar mi stock de cremas antiarrugas, hay otras cosas que me he replanteado. Entre ellas, este blog.

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De como convertirse en el número 1

Existen dos razones por las que he estado tan ausente de este pequeño espacio, y del mundo 2.0 en general. La primera es que he vuelto al detestable mundo de la relación de dependencia, a vender mi fuerza laboral al burgés, a cambio del vil metal. La segunda es que Sapito Mayor, (de aquí en adelante, mi Barovero, ya veremos por qué), entrena y juega al deporte favorito de todo argento, a la pasión de multitudes… y juega, todos los días… Todas las noches, mejor dicho, por lo que llego de la esclavitud, me digno a tomar un par de mates y nos vamos para el club.

Ya contaba en este post, las primeras incursiones de mi Barovero en el mundo del fútbol. También contaba como lo veía más cerca de ser las mascota del equipo. Bueno, mascota, aguatero o alcanzapelotas, cualquier puesto le hubiera quedado bien.

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De artemaníaca a repostera

Siempre he sido un desastre en la cocina, además de #amadecasanever. La cocina no es lo mio, le pongo toda la onda, de verdad, pero no me sale. Me defiendo, si, pero tengo tan poca creatividad que siempre termino cocinando lo mismo… Tal vez debería empezar a visitar la sección de recetas del Pinterest…  Aunque si los DIY no me salen… ¿Qué puedo esperar de la comida? Pero, aun así, he de decir que tengo alma de repostera… Si, solamente el alma…  Me encantaría saber hacer tortas y decorarlas bien.

Cada cumpleaños que hay en casa, hago una torta, no es la gran cosa, pero algo sale… A veces me queda demasiado seca, a veces muy mojada… A veces, para evitar la fatiga, compro esos bizcochuelos que ya vienen listos y cortados, porque, ya lo dije, la cocina no es lo mio y siempre tengo algún problema con la cocción, el desmolde o la mar en coche… Lo que me divierte es rellenarla, decorarla… aunque he notado que la crema como decoración me exaspera.

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El segundo hijo.

Vivaracho, picaron, caprichoso, llorón, inteligente. El pequeñín de la casa desborda simpatía, esa simpatía que a su hermano le falta. Siempre Feliz, siempre con una sonrisa. Aunque con un carácter fuerte, le decis que no y te rebolea algo. Sorprende con lo que hace, con lo que aprende, con la picardia que a su hermano se faltaba a su edad.
Ese es mi segundo hijo. ¿Alguna vez haz tenido la sensación de que el segundo crece más rápido? Con el mayor, yo eataba muy ansiosa… Por todo, o de todo. Quería que sostenga la cabeza, que se sentará, que gateara, que caminara, que empezará a hablar, que coma solo, que diga mamá. Pero al segundo, uno se lo toma más relajada. Todo eso que era nuevo con el primero, todo lo que te hacía ansias, te emocionaba, ya lo viviste. Quizás por eso no estás tan ansiosa de que haga cosas y, cuándo las hace, te da la sensación de que crece más rápido. O quizás sea porque no está en mis planes ni en mis posibilidades tener otro (ya contaré el porqué, en algún momento), porque se que después de él ya no habrá más bebé,  y me da nostalgia.

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